Las jornadas de mayo

Posted on 6 Juny 2011

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Article publicat a la Revista R@mbla el diumenge 5 de juny. Per Joan Pere i Sònia Moritz

Mayo de 2011 es Historia. Una fecha histórica, de referencia. Las manifestaciones por una “Democracia Real Ya”, la semana antes de las elecciones municipales del 22-M, junto con las acampadas surgidas a raíz de tales movilizaciones y que -en el momento de escribir esto- aún persisten en plazas emblemáticas de muchas ciudades del Reino de España, han logrado incluso extender la solidaridad allende las fronteras del estado español, en lugares como Atenas, Londres, Berlín, Lisboa, Milwaukee, Buenos Aires, Cairo, Reykjavik o París (donde los manifestantes fueron desalojados de la Bastilla). Ha sido este Mayo un mes innovador, distinto, un soplo de aire fresco en una habitación demasiado tiempo cerrada a cal y canto: se demostró que la movilización era posible, que la protesta no era una quimera, quebrando así el ensimismamiento colectivo en el que 5 millones de parados y unas condiciones de vida cada vez más precarias, parecían argumentos insignificantes para tomar la calle en comparación a ganar un Mundial de fútbol o una Champions League. Ése parecía ser nuestro mundo. El presente artículo no pretende ser un desglose exhaustivo sobre las múltiples dimensiones del movimiento 15-M y de sus consecuencias; carecemos de toda autoridad para semejante propósito. No obstante, cumpliría sus expectativas si es una herramienta más -de entre otras muchas- para la reflexión sobre los hechos acaecidos en este mayo de la indignación.

La democracia capitalista y la democracia real

Los medios de comunicación generalistas no supieron a quién culpar, ni qué historia narrar. La convocatoria del 15-M circuló por la red, como poco, dos meses antes: nadie sabía nada. De pronto, las manifestaciones convocadas por “Democracia Real Ya”, así como las acampadas de “indignados” que las siguieron, animaron unas elecciones municipales que eran el vivo retrato de la agonía y la decadencia de la democracia capitalista: sin interés, con tintes xenófobos y con una derecha –Partido Popular (PP) y Convergència i Unió (CiU)– que se perfilaba como clara vencedora frente a un PSOE macilento. El movimiento del 15-M, a pesar de lo que denunciaban ciertos altavoces de la reacción, carecía de una consigna unánime respecto a las elecciones municipales: se declaraban apartidistas (no confundir con apolíticos). Y aunque hubiera existido tal consigna, el plazo de tiempo -una semana escasa- seguramente no hubiera permitido que su incidencia fuera notable (cabe recordar el altísimo índice de abstención, aunque atribuírselo al 15-M quizá resulte especular en exceso).

Democracia Real Ya” proponía una serie de puntos concretos en relación a la eliminación de los privilegios de la casta política, contra el desempleo, por el derecho a la vivienda, la democracia participativa, etcétera. El éxito del 15-M ha sido simplificado por los medios de comunicación generalistas a las bondades comunicativas de redes sociales como Facebook Twitter, ignorando que el impulso definitivo a las protestas ha llegado desde entidades y movimientos sociales que existían desde mucho antes, y que hicieron suyas las diversas propuestas de “Democracia Real Ya”. Mejor expresado: sin pretender restar méritos a esta plataforma, los puntos de sus propuestas no surgían de la nada, no llegaron caídos de una estrella lejana y remota, puesto que previamente eran asumidos por un amplio espectro de colectivos. Internet ha sido el medio para vertebrar las convocatorias y difundir los mensajes, pero únicamente con cuentas de Twitter no se crea ciudadanía crítica. Lo más parecido a la democracia real que, hoy en día, ofrece la democracia capitalista del Reino de España es precisamente la monarquía constitucional, ¡bravo!

La embestida mediática y la embestida policial

El desalojo matutino de la Puerta del Sol, en la villa y corte de Madrid, provocó que durante la tarde de aquel mismo día regresara un mayor número de acampados y con mayor apoyo que antes de la intervención policial; la Junta Electoral, con su prohibición durante la jornada electoral, también logró los mismos efectos. Diez días después, el conseller d’Interior de la Generalitat de Catalunya, Felip Puig -con el beneplácito de Assumpta Escarp, la concejal de Seguridad en funciones del Ayuntamiento de Barcelona- no debió calcular estos antecedentes tan próximos. Ciega sociovergencia. El brutal desajolo, por motivos de “salubridad y seguridad pública” (con la vista puesta en una hipotética celebración culé por la Champions League), llevado a cabo el viernes 27 de mayo en Plaça de Catalunya y en Plaça Ricard Vinyes, en Barcelona y Lleida respectivamente, logró -igual que el de Sol-, primero, fortalecer el ánimo de los acampados, y segundo, que el movimiento del 15-M se ganara de nuevo la simpatía y solidaridad de la opinión pública. Para colmo, la victoria del F.C. Barcelona en Wembley y la celebración de sus seguidores en los aledaños de Plaça de Catalunya no comportaron mayores incidentes que los habituales en estas ocasiones.

Sin embargo, la opinión pública no es más que una veleta: una veleta que no merece tan siquiera ese nombre, porque ni existe, en tanto gran parte del público que configura esta opinión sólo es alimentando por los grandes grupos mediáticos entestados en defender los intereses de la alta burguesía y el poder financiero. Con todo, en el caso de los incidentes de Plaça de Catalunya, ni los tertulianos más cínicos y desvergonzados conseguían contrarrestar aquello que el sentido común del común de los ciudadanos sentía ante las repugnantes imágenes de los Mossos d’Esquadra, desplegando todo el monopolio de la violencia que atesoran sus pelotas de goma y sus porras. La policía no debiera ser el verdugo del pueblo que protesta por sus derechos (¡y más si protesta pacíficamente!), ni el guardián de los intereses de la clase financiera (siempre ha sido así, salvando extrañas y honrosas excepciones). Ante ciertas órdenes, los cuerpos de seguridad debieran poder o saber negarse. En Plaça de Catalunya, la intervención de los Mossos d’Esquadra se saldó con 84 manifestantes heridos (dos de ellos graves) y 37 por parte de los Mossos d’Esquadra (¿cabe pensar que fueran “secretas” inflitrados entre los manifestantes, que recibieran porrazos de sus compañeros antidisturbios? En algunos casos, los partes médicos de los agentes heridos han certificado tendinitis en los brazos: ¿sobreuso de las porras?).

Tras los golpes policiales, los mediáticos no se hicieron esperar. Un corrillo de opinadores por minuto, sociólogos de despacho y otros intelectuales del buen comer, han señalado la supuesta ocupación indebida del espacio público, los peligros de cuestionar la democracia y las votaciones, el aquelarre antisistema, etcétera, del 15-M. Aguda manipulación la de los opinólogos del poder, maestros de los eufemismos y las mentiras, capaces de convertir la desobediencia civil en violencia pasiva. Incluso ha roto su silencio la mayoría silenciosa” -aquella cuyos portavoces copan los medios de comunicación generalistas- de la que ha sido padrino el molt honorable Artur Maslas juventudes de CiU y en menor medida, la vocera Pilar Rahola, publicando un manifiesto donde muestran su legítima disconformidad con el movimiento del 15 de mayo. Los indignados con los indignados, se hacen llamar. Sin embargo, si la “mayoría silenciosa” no guarda silencio, será legítimo poner en solfa su supuesta “mayoría”. Observemos los resultados en Catalunya de las elecciones del 22-M en votos: Abstención 2.388.089; Tripartit: 1.271.026; CiU+PP: 1.136.863; en blanco: 119.672; las CUP: 62.111; y nulos: más de 50.000. ¿Es tan mayoritaria la “mayoría silenciosa”? En cualquier caso, y como era de prever, es evidente que la reacción ha pasado a la ofensiva.

De la cuestión asamblearia, los partidos políticos y los compañeros de viaje

Cada día llegan alertas encendidísimas sobre los peligros de cuestionar la democracia, esta democracia. Se presentan argumentos de clase como si fueran neutros, asépticos, propios de una idea universal de “democracia”. De este modo, la “democracia” como concepto queda trasvestido en un enorme paraguas, una jaima gaddafiana donde se ocultan las contradicciones de clase más flagrantes. Las protestas se traducen en los medios generalistas en un plebiscito entre Rajoy Rubalcaba. Entretanto, el papel de Izquierda Unida (IU) se presenta paradójico: desde su marginal representación parlamentaria y su perpétuo papel de figurante, es decir, como principal víctima de un sistema que refuerza el bipartidismo, al mismo tiempo juega el rol de puntal del propio bipartidismo. La legitimación del monstruo partitocrático PPSOE se encuentra en IU: para que el bipartidismo sea tal, es necesaria la participación, como mínimo, de un tercero. Y esta legitimación tiene la firma de IU de la mano de Santiago Carrillo en los Pactos de la Moncloa. Y quizá sea este el principal factor que complica la capitalización del descontento por parte de IU, más allá de lo que diga la recién llegada Rosa Díez. Por si esto fuera poco, se vislumbran, en el horizonte próximo, partidos todavía minoritarios que entran en puja para hacerse con la confianza de los sectores críticos con el actual sistema democrático. Desde partidos populistas, regeneracionistas o directamente xenófobos, hasta aquellas formaciones políticas que poseen un programa que más se asemeja a las propuestas de “Democracia Real Ya” y del movimiento del 15-M. La moneda está en el aire y es aventurado pronosticar qué canalización política logrará aunar el descontento, si es que alguna lo consigue. Aún así, se engañan quienes piensan que una reforma de la ley electoral supondrá mayores cotas de democracia y representación, si no se centran los esfuerzos en alterar y someter la base del actual sistema: el capitalismo y el poder económico-financiero.

Quizá la espontaneidad y el corto recorrido del movimiento 15-M no haya permitido hablar suficientemente claro. Es posible que la explosión del movimiento haya dado por evidentes algunas cuestiones fundamentales sobre las que, más temprano que tarde, será imprescindible volver. El descontento ha resultado transversal, personas y colectivos con intereses totalmente contrapuestos han compartido las protestas. Expliquémonos: fuera del Reino de España, en la plataforma surgida en una ciudad europea en apoyo a “Democracia Real Ya”, un joven integrante de la comisión de comunicación resultó ser un nostálgico falangista -admirador de la División Azul– que, desde su concepción, defendía la llamada democracia orgánica” en una España unida e indivisible bajo el castellanocentrismo: veamos, ¿no es democracia real reconocer el derecho a la autodeterminación de los pueblos? Si este caso se ha dado fuera del estado español, ¿qué no ocurrirá en el Reino de España? ¿Con qué indeseables compañeros de viaje habremos compartido la indignación? De hecho, en Barcelona, un ex miembro de Ciutadans (C’s) ha participado activamente en las asambleas, así como algunos miembros de Solidaritat Catalana per la Independència. Como decíamos, tarde o temprano será necesario hablar claro, separar el grano de la paja. Y, a nuestro entender, las asambleas de barrio son el lugar más adecuado, sin duda.

La asamblea de Plaça de Catalunya, como la de Sol o la de otras ciudades (Girona, Reus, València, Palma, Ripoll, Terrassa, Cornellà, Granada, etcétera), suponen una gran ágora de encuentro, encarnan en ellas mismas el símbolo de la llama que prendió el 15 de mayo. Sin embargo, es complicado trabajar únicamente con símbolos. Aún defendiendo la permanencia en las plazas neurálgicas, es necesario y urgente que las asambleas de los barrios cobren protagonismo. El 15-M ha supuesto que muchas cuestiones fundamentales que antes se trataban en los círculos alternativos y minoritarios de los movimientos sociales, hayan pasado a ocupar un primer lugar en la agenda mediática y política: se precisa aprovechar el momento. Para ampliar este círculo de la izquierda anticapitalista explicando pacientemente las propuestas y mejorar la comunicación y coordinación entre las entidades y colectivos existentes, las asambleas democráticas de los barrios y los pueblos son el lugar indicado. El trabajo por delante es colosal, y no hay por qué demorarlo.

El precariado: la toma del Palacio de Invierno, la conquista del pan y otras cosas de menester

La crisis capitalista -sistema que obedece a los ciclos de expansión o desarrollo y posterior depresión- agudizó los problemas de millones de personas en todo el mundo. Los agudizó, pero no los creó, al menos, no en 2008. La situación de precariedad ya era palpable mucho antes de aparecer en los telediarios bajo el epígrafe de “crisis económica”. Sin embargo, lo que antes afectaba a las clases trabajadoras, ahora se ha extendido a la denominada clase media: altas cotas de paro y de larga duración, trabajos mal pagados sumados a la incertidumbre de contratos de corta duración que se refleja en la inestabilidad de los proyectos personales, el derecho a la vivienda, los recortes en los servicios públicos (protestas en la sanidad pública, educación, jardineros, etc.), familias hipotecadas, rescates millonarios a los bancos y países con dinero público mientras la alta burguesía se enriquece ¡más que antes de la crisis!… ¿verdad, señor Botín? Es una bofetada tras otra: la crítica al actual sistema democrático es adyacente al sistema económico imperante. La organización en los barrios y la descentralización para desarrollar el trabajo de base es imprescindible. Disolver las acampadas no es perder. Toca ponerse el mono y hacer trabajo de hormiguita, pasar de la indignación a la implicación. ¡Que la acampada no mate el 15-M!

Con todo, hay otras cuestiones, ni secundarias ni superficiales. Hemos mencionado los medios generalistas, o lo que es lo mismo, los medios vendidos y que se venden, que han pasado en su mayoría, con mayor o menor descaro, a posicionarse en defensa de los intereses propios de los grandes grupos que les financian. En este sentido, es importante reconocerel valor y apoyar a los medios de comunicación alternativos y populares (La Directa, Diagonal, La Tuerka, LaTele, las radios libres, etcétera).

La revolución no está madura y no es cuestión de abortarla condenándola al fracaso antes de tiempo. Sin embargo, es indudable que, en estos preciosos momentos, la revolución está madurando: el Palacio de Invierno queda aún lejos, pero se llega por esta senda. El movimiento surgido el 15-M es importante por lo que significa ahora, no por el incierto devenir que le aguarda. Ha significado la oportunidad de reconocernos unos en los otros, debatir de la política que nos preocupa. Sólo por ello ha valido la pena. Desperdiciar o no el impulso revolucionario que ha proporcionado es algo que aún está por exponer.

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