¡Podría ocurrirle a usted!: Víctima por connivencia

Posted on 2 Novembre 2011

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Por J.N.

Un mes antes, en un curso de formación de dos días a cargo de Encuestadístico S.L., el señor Fontcuberta, el encorbatado, orondo y alopécico director general de esta empresa de estudios de mercado, tuvo la magnanimidad de dirigir unas breves palabras a la cincuentena de personas que allí asistíamos a la instrucción sobre la delicada tarea de encuestar a domicilio. Con todo, el Sr. Fontcuberta dirigió su intervención hacia otros fines que no los meramente instructivos: Encuestadísticos S.L. había firmado un acuerdo con el Banc de la Garsa, según el cual los trabajadores que tuvieran una cuenta abierta en esa sede bancaria dispondrían de la nómina el mismo día 1 de cada mes. Por contra, aquéllos que no poseyeran una cuenta en el Banc de la Garsa, deberían esperar hasta el día 5. El Sr. Fontcuberta, pues, animaba a que todos los presentes nos abriéramos una cuenta bancaria en el citado banco. “¿Es obligatorio?”, pregunté. “No, no: es sólo para aquellas personas que deseen cobrar antes. Si no te urge cobrar cada primero de mes, debes traer el número de cuenta en el que quieres que te ingresemos tu nómina”. “De acuerdo”, dije, aliviado puesto que nunca he ambicionado coleccionar cuentas bancarias.

– Buenos días. Quiero hablar con la persona encargada de Atención al cliente.

– ¿Por qué motivo?

– Mira, preferiría explicárselo directamente a la persona responsable de atender las reclamaciones. No tengo toda la mañana y no deseo repetir lo mismo varias veces…

– De acuerdo. Es ahí-, dijo mientras señalaba una mesa al fondo de la oficina, donde se encontraba una chica joven con aspecto de buena hija que, seguramente, acabó trabajando en el Banc de la Garsa por razones dispares a sus auténticos deseos.

– Gracias.

El día anterior a esta conversación, había recibido una llamada de la secretaria de Encuestadísticos S.L. avisándome que para cobrar debía ir a una sede del Banc de la Garsa. En aquél momento no entendí nada -tal vez me vayan a pagar con un cheque, pensé-, por lo que fui a una oficina del Banc de la Garsa en mi barrio. Cuál sería mi sorpresa al descubrir que, sin mi consentimiento, sin ni tan siquiera estar informado de ello, ahora era un cliente más del Banc de la Garsa. Opté por sacar el mísero sueldo que había ganado encuestando al diverso perfil social que habita en el Bajo y Alto Guinardó, y a continuación cancelar la cuenta sin dilación. Tal operación hubiera resultado demasiado sencilla: la cajera me informó que no podían cancelar mi cuenta, ya que era algo que sólo se tramitaba desde la misma oficina donde se había dado el alta. “¿Y yo qué sé dónde se ha tramitado el alta? Le estoy diciendo que esta cuenta ha sido abierta con mi total desconocimiento”. Pero el bendito ordenador sí sabía dónde se había abierto la dichosa cuenta: en el otro extremo de la ciudad, casualmente en una oficina cercana a la sede de Encuestadístico S.L.

– ¿Voy a tener que ir en persona a la otra punta de Barcelona para cancelar algo que no he pedido? ¿No hay otro modo de hacerlo?

– Me temo que no. Sólo se puede proceder a cancelar una cuenta en la oficina donde se cursó su apertura-, respondió la cajera.

– ¿Y me cobraríais gasto de mantenimiento de una cuenta que no he solicitado?

– Es el procedimiento habitual, sí.

De este modo, cobrar unos euros por vender mi fuerza de trabajo se convirtió en una pequeña odisea, no en una de las más graves o dramáticas de las que a diario se viven en una ciudad como Barcelona, pero sí en una que, por su inesperada irrupción y por mi condición de sujeto pasivo –sin olvidar la intervención cómplice entre la patronal y la banca-, acabé asumiendo como un duelo al que había sido desafiado a traición. Armado con estas razones -algo confusas, no lo niego-, al día siguiente crucé Barcelona hasta la oficina del Banc de la Garsa donde el dichoso huevo de la serpiente había eclosionado.

– Sí, ayer nos llamaron de la otra oficina para comentarnos la situación…- me dijo una chica joven, vestida de traje y chaqueta, con actitud de ser una buena chica que, por razones ajenas a su voluntad, se ganaba la vida detrás de la mesa de una entidad bancaria.

– Ya lo imaginaba.

– La persona que lleva el departamento de empresas ahora mismo no está. Si estuviera, te lo explicaría ella misma…

– No te preocupes -dije conciliador-. He venido, con la mejor de las voluntades, a cancelar la cuenta bancaria que me habéis abierto y a realizar una reclamación por escrito.- Lo de la buena voluntad era, a mi juicio, equivalente a la intervención de Yasser Arafat en la ONU cuando avisó: “Traigo en una mano la rama de olivo y en la otra el arma de los que luchan por la libertad, no permitan que deje caer el olivo”. Evidentemente, mi interlocutora no juzgó del mismo modo mis palabras.

– De acuerdo, pero… ¿No querrás que te explique las condiciones de esta cuenta bancaria? Quizá te interese…

– No, gracias. Entiendo que es tu trabajo reconducir las quejas. Yo he venido con la mejor de las voluntades, pero no deseo perder más tiempo. Además, tengo un par de cuentas corrientes con otras entidades y sinceramente ya me parecen demasiadas.

Llegados a este punto pensé que, ahora sí, el camino quedaba llano y despejado para cumplir el modesto objetivo que me había marcado: por un lado, cancelar la cuenta y, por otro, denunciar por escrito una actuación que a todas luces suponía un atropello a mis derechos. De nuevo, todo hubiera resultado demasiado sencillo. La buena chica que había ido a parar por razones ajenas a su voluntad detrás de la mesa de un banco tenía problemas para cancelar la cuenta. Se peleaba discretamente con el ordenador, imprimía papeles pero con ninguno quedaba satisfecha. Para evitar ser un cliente molesto, de los que apremian a los trabajadores agobiándoles con su mirada impaciente, me distraje observando a la empleada de la limpieza, una cubana de unos cuarenta años, que había pedido permiso a la primera cajera con la que hablé para realizar una llamada urgente, a lo que la cajera no había puesto inconveniente. Ahora la mujer de la limpieza hablaba por teléfono apoyada en la escoba, gesticulando sin decoro, y su actitud humanizaba de un modo redentor aquella oficina bancaria, por lo demás, bastante estéril. En estas cavilaciones me hallaba, cuando llegó la persona encargada de empresas: una mujer alta y estilizada, de unos treintaytantos años, con un cutis fino (quizá gracias al bisturí, pero no soy un experto) y una larga melena de pelo liso. La buena chica que aparentaba ganarse la vida detrás de la mesa de un banco por circunstancias extrañas a su auténtica vocación hizo las presentaciones.

– Buenos días-, dijimos los dos, al tiempo que me levanté y estreché la mano que la mujer de empresas me ofrecía. Era una mano fría. Me volví a sentar.

De pie, detrás de la mesa, la mujer de empresas me volvió a explicar detenidamente el acuerdo entre Encuestadístico S.L. y el Banc de la Garsa, en virtud del cual los trabajadores asalariados disfrutaban de la posibilidad de abrir una cuenta en la sede bancaria, convirtiéndose de ese sencillo modo en ‘trabajadores-clientes’. Un viejo concepto todavía por exprimir. Claro está, añadió, “siempre y cuando den su aprobación”.

– La prueba que eso no es tal y como explicas, disculpa que te lo diga así, soy yo. No he dado mi conformidad en absoluto, no firmé nada y, por si eso no fuera suficiente, a la empresa le entregué el número de cuenta bancario al que quería que ingresaran mi nómina. Y a pesar de todo, me habéis abierto una cuenta corriente.

– El sr. Fontcuberta es un hombre serio, no creo que nos haya dado tus datos como forma de…

– No cuestiono ni por un segundo la reputación del Sr. Fontcuberta, y, si de mí dependiera, el sr. Fontcuberta puede seguir gozando de una imagen pública sin mácula. Ahora bien: abrir una cuenta contra la voluntad del titular me parece un atropello, y quiero solucionarlo primero, y luego dejar constancia por escrito de mi reclamación.

– Es un acuerdo a tres bandas entre la empresa del Sr. Fontcuberta, el banco y los trabajadores…

– Lo he entendido -la corté ya algo impaciente-. Pero convertís a los trabajadores en clientes sin consultárselo y sin que firmen nada. Es lo nunca visto: ¡abrir una cuenta bancaria sin que el titular tenga que firmar nada!

– Tenéis el contrato aquí para que, cuando paséis a cobrar, lo firméis.

– ¿Qué? ¡Y aún me dirás que éste es un procedimiento correcto! Quiero mi copia de ese contrato.

La mujer de cutis fino que tal vez haya pasado por la mesa de un cirujano para conseguirlo, aunque una vida placentera posiblemente aporte iguales resultados beneficiosos para la piel, decidió pasar, de una estrategia defensiva, al ataque.

– No entiendo por qué ayer sacaste tan rápidamente el líquido de la cuenta que dices no haber deseado, en lugar de pedir que te hicieran una transferencia a tu cuenta- y lo suelta como si hubiera algo oscuro y sospechoso en sacar mi dinero del banco…

– ¿Disculpa?- En aquel instante me sentía como uno de ellos: no había rastro de la mejor de las voluntades y no podía dar crédito a lo que escuchaba-. Ese dinero lo gané trabajando. Es mi dinero por derecho y hago con él lo que me viene en gana… ¿Y para qué iba a hacer una transferencia? ¿Para que me cobrarais dos euros de comisión? Pero ¿en el Banc de la Garsa tenéis por costumbre tomar por imbéciles a las personas o qué?

– No.

– Entonces no veo por qué debe preocuparte que sacara, antes o después, mi dinero de una cuenta que además yo no solicité. Y creo que todo ha quedado claro. No dispongo de toda la mañana.

– De acuerdo, ahora mi compañera te cancelara la cuenta-. Dicho esto, dio media vuelta con su lisa melena volteando arrogantemente y desapareció. Ni adiós, ni que pase un buen día. Finalmente, alguno de los papeles imprimidos había logrado satisfacer a la buena chica que había ido a currar a un banco sin tener muy claro dónde se metía. Me hizo firmar un papel azul donde se leía en letras mayúsculas: “CANCELACIÓN DE CUENTA CORRIENTE”.

– Perfecto. Y si fueras tan amable de traerme una hoja de reclamación, la rellenaré.

Sin embargo, al acabar de redactar mi queja en la hoja de reclamación de la Generalitat de Catalunya, comprendí que aquello quedaba muy soso. Así que cogí la copia del contrato -sin firmar- de la cuenta bancaria que yo no había solicitado y el papel azul de la posterior cancelación, y salí a la búsqueda de una copistería. A un par o tres de cuadras, encontré una. Mi ánimo gozaba de un estado de extásis, y mientras el chico realizaba un par de copias de cada documento –una copia para la administración pública y otra para la entidad bancaria, puesto que yo conservaría los originales-, no pude evitar mostrarme expansivo y explicarle toda situación. El chico sólo dijo: “Es increíble” para luego reflexionar: “Quizá no sirva para nada, pero tocarle los cojones a un banco debe ser un gustazo, ¿no?”.

Regresé al Banc de la Garsa con las copias. Le pedí a la cajera que me prestara una grapadora. Adjunté cada copia a la hoja de reclamación, y la cajera les puso un sello. Yo me quedé con mi hoja de reclamación correspondiente. Antes de irme, pasé a despedirme de la buena chica que tenía aspecto de haber acabado trabajando en un banco a causa de una terrible confusión que tardaría años en averiguar. Le dije:

– Muchas gracias.

Y ella, con una sonrisa avergonzada, en prácticamente un susurro, como si tuviera miedo que oídos inadecuados escucharan sus palabras (¿y quién asegura que no hubiera cerca tales oídos?), se excusó en lo que juraría que fue un gesto sincero:

– Lamento las molestias ocasionadas…

– No te preocupes. Lo peor es no haber podido hacer este trámite en la oficina de mi barrio, que está en el otro extremo de la ciudad y en metro son 17 paradas…

– ¿Por qué no te pudieron realizar la cancelación en la oficina de tu barrio?

– Me aseguraron que debía ir a la oficina dónde la cuenta bancaria se abrió.

No, eso no es necesario. Precisamente el Banc de la Garsa tiene sedes en muchos lugares de la ciudad para evitar que un cliente deba trasladarse lejos para tramitar gestiones. Sólo que tu oficina nos hubiera pasado la orden de cancelación, no hubiera hecho falta que vinieras.

– Ah, carai…- Noté crecer en mi interior, a base de indignación y deseos de venganza, una fuente de energía negativa capaz de abastecer todo un año a una comunidad del tamaño de La Rioja.

Me despedí de la buena chica, y de camino a la salida, descubrí el lugar de trabajo de la mujer de empresas. Hablaba por teléfono, y era como si el aparato no llegara ni tan siquiera a rozar su inmaculada piel. Conversaba mientras sus ojos iban de la pantalla del ordenador a los papeles que cubrían su mesa; parecía atender a un cliente exigente que podía servirse de ella, pero no someterla. Su agitación externa era sólo una apariencia. Está claro que su reino no es de este mundo, pensé. Advirtiendo el peso de mi mirada, la mujer de empresas alzó la vista hacia mí. Pareció dejar de escuchar por un segundo la voz de su interlocutor que tan atareada la llevaba entre la pantalla y los folios, y por un instante extremadamente fugaz, me dedicó una mirada desabrida, displicente, y los dos supimos que en en ese encuentro visual no había lugar para la mentira y que ambos pensábamos lo mismo: “no puede ser que yo pertenezca a la misma especie que ese bicho”.

Compré un billete sencillo en una máquina del metro y deshice las 17 paradas de camino.

A la mañana siguiente, fui a la copistería de mi barrio a hacer dos fotocopias del billete sencillo. Y después, a la sede del Banc de la Garsa donde me habían informado que la cuenta bancaria debía cancelarse en la misma oficina donde se había abierto. El plan era sencillo y lo ejecutaba como un autómata, con inconsciente determinación. Mis pasos eran guiados por las musas. Era media mañana y la oficina estaba ocupada por una cola de personas que esperaban con rostros desconsolados. Corría el riesgo, en el caso de esperar mi turno, a que las musas me abandonaran o cayera en el error de juzgar inútil concluir mi sencillo plan. Incluso sin tener una gran vida, había cosas mejores a las que dedicar el tiempo. El despacho de la directora de la oficina estaba abierto, así que fui hacia allí directamente y, por educación y para llamar la atención de la directora, piqué con los nudillos en la puerta.

– Buenos días, ¿me podría facilitar una hoja de reclamación? Es para ganar tiempo.

– Sí, un momento.

Salió de su despachó y se acercó a una impresora; yo esperé en el umbral de la puerta. Imprimió un folio y al regresar me lo extendió. Era una copia de una hoja de reclamación del Banc de la Garsa.

– Disculpe, quiero una hoja de reclamaciones de la Generalitat de Catalunya.

– Habérmelo dicho.

– Se lo digo ahora. No sabía que el Banc de la Garsa tuviera hojas propias…

La directora volvió a salir de su despacho a buscar la hoja de reclamación de la Generalitat de Catalunya. Al entregármela, me ordenó:

– Tienes que rellenarla aquí.

– ¿Por qué tengo que rellenarla aquí?-. No me estaba gustando nada la atención de esta directora.

– Bueno, si quieres disponer de mesa y silla deberás hacerlo aquí.

Seguía sin convencerme el tono que estaba utilizando, pero acepté la invitación. La directora se sentó en su silla de directora y, al otro lado de la mesa, en la de los suplicantes, yo. Traté de concentrarme para redactar justo lo que pensaba, pero la directora requería de mi atención:

– No deberías rellenar aquí esta reclamación, si no en la oficina donde se tramitó tu cuenta corriente. Aquí no eres cliente.

Pasé por alto que, en efecto, aquella mujer que nunca había visto estaba al tanto de la situación. Preferí no reparar en ello, para ahorrarle el gusto de mi sorpresa. Le contesté:

– La reclamación correspondiente ya está tramitada en la oficina donde se abrió la cuenta. Ésta es distinta: quiero tramitar una queja porque la cajera de esta oficina omitió información que me ha causado una pérdida de tiempo y dinero, además de unas molestias totalmente evitables e innecesarias.

La directora me miró de un modo insondable.

– Por cierto, dígame, ¿cómo se llama la cajera?

– María.

-María, ¿qué más?

– Poveda.

Escribí el nombre y apellido de la cajera. Le solicité con amabilidad a la directora que me dejara utilizar su grapadora y adjunté en las copias para la administración pública y la entidad bancaria las fotocopias del billete sencillo. Exigía la devolución de 2,90 euros por los dos billetes sencillos que tuve que comprar para desplazarme hasta la oficina del Banc de la Garsa donde cancelaron mi cuenta. La directora me reprendió:

– Las cuentas corrientes sólo se pueden cancelar en la oficina donde se han abierto.

– Deberán ponerse de acuerdo en el mensaje, porque ayer una persona del Banc de la Garsa me informó que no era necesario desplazarse, que ustedes podrían haber cursado la cancelación.

– Eso no es correcto, ¿quién te lo dijo?

– No recuerdo el nombre, pero usted ya sabe qué oficina es- Resultaba fácil mantener la calma, puesto que era obvio que la directora estaba más crispada de lo que yo esperaba-. En cualquier caso, tenga usted razón o no, la conveniencia de mi reclamación la juzgará quien tenga potestad para ello.

Continúe redactando la reclamación. El ambiente en aquél despacho rezumaba tensión, pero logré no sentirme intimidado. Aunque supuse lo duro y opresivo que resultaría estar en esas condiciones negociando un crédito o firmando una hipoteca. Al terminar, le dije:

– Permítame que le haga una pregunta; usted es directora de una oficina y a buen seguro me la sabrá responder: si una persona de Madrid viene a vivir a Barcelona, y una vez aquí, desea cancelar su cuenta con, por ejemplo, Caja Rato, ¿debe coger el AVE o el avión para ir a la oficina donde abrió la cuenta?

– Yo conozco el procedimiento a seguir en el Banc de la Garsa, no sé cómo se tramitan estas cuestiones en Caja Rato-. Touché: bravo, directora, buena finta. Me levanté del asiento y ella también, hasta acompañarme a la puerta. La misma gente con las mismas caras de desesperanza permanecían en la cola. Me volví hacia la directora y, de nuevo, le pregunté:

– Entiendo. De acuerdo, pues le plantearé la cuestión de otra manera: si yo fuera cliente del Banc de la Garsa y me marchara a vivir a Madrid, y por la razón que fuera quisiera cancelar mi cuenta corriente, ¿debería regresar a Barcelona e ir a la oficina donde la abrí?

– El procedimiento permite que, en el caso de imposibilidad o distancia, se pueda tramitar desde otra oficina la cancelación de la cuenta. Pero sólo en casos muy excepcionales.

– Ahá, ¿y no es excepcional en el Banc de la Garsa que se abran cuentas corrientes sin autorización del titular? Creo que este caso merecía otro tipo de atención.

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