Cicatrices en Berlin Allee (I)

Posted on 10 Octubre 2012

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En record a Sònia Moritz, allà on siguis

Llegué a Schönefeld sumido aún en los efectos del diazepán. Había sido un vuelo apacible -o eso me había parecido- y estaba realmente relajado. Berlín esperaba con un cielo nublado y gris, plomizo, del color del hormigón armado, distinto al que me había despedido en Barcelona, también gris, pero en ese caso por culpa de un anticiclón persistente que taponaba la contaminación de la capital catalana. El frío berlines no consiguió sino acentuar mi insensibilidad, similar a la de un tertuliano de derechas, es decir, incapaz de fijar mi atención en nada que no fuera de mi interés: dirigirme al Sony Center en Potsdammer Platz, donde solicitaría validar mi acreditación de la RevistaRambla para asistir a la 61ª Edición Internacional de la Berlinale, el festival de cine que se celebra anualmente en Berlín. Fantaseaba, bajo infundadas expectativas, entrevistar a los hermanos Cohen, a Kevin Spacey, a la presidenta del jurado Isabella Rossellini o tal vez al flamante ‘nuevo James Dean’, el actor californiano James Franco.

En el largo recorrido de la U7 hasta Yorckstraße, que amenicé comprando una cerveza, observé a un tipo alto, con gafas y que -por alguna razón que se me escapa- resultaba obvio que también se dirigía a la Berlinale. Me acerqué a él y sin más le abordé:

– ¿Crítico de cine?

– No, productor-, contestó tras observarme extrañado un par de segundos, como si le hubiera anunciado que traía un mensaje del futuro para él.- Vengo a la Berlinale a buscar co-productores, ya sabes, más financiación…

        – ¡Oh, productor! -. Ahí vislumbré la posibilidad de lograr una entrevista con alguien del ‘star-system’.- ¿Puede que conozca alguna película que hayas producido?

– Hasta ahora he producido seis cortometrajes… – ¡Cortometrajes! Debería haberlo sospechado: un productor de cine desplazándose en metro y no en limusina- Quizá conozcas “La historia de siempre’.

– No, lo siento, no estoy muy puesto en el mundo de los cortometrajes…

– Entonces… -Y ya no pronunció ni una palabra más. Yo tampoco: me sentía mal por ser tan poco avezado en el mundo del cortometraje y quizá también porque tenía el estómago vacío y la cerveza me estaba atontando.

En aquel momento no lo sabía, pero acababa de conversar con Arturo Méndiz, productor, en efecto, de “La historia de siempre”, un cortometraje ambientado en Barcelona y que ha sido galardonado con diferentes premios y menciones en alrededor de treinta certámenes internacionales. Una vez en Potsdammer Platz, me despedí: “¡Suerte en tu búsqueda de financiación!”.

En la oficina de acreditaciones, las cosas pronto se pusieron feas. Una muchacha guapa y fría como una tumba me gritó:“Das ist kein Pass für die Berlinale! Das ist eine Klorolle!”. No comprendí nada, pero le respondí con lo que me permitió mi exiguo alemán: “Alles klar”. Un guardia de seguridad me acompañó hasta la salida. Caían ligeros y diminutos copos de nieve. Comencé a deambular, barajando las opciones que se presentaban ante mí, que se reducían de modo trágico a dos: llamar a la redacción en Barcelona y explicarles lo ocurrido (con el consiguiente riesgo de adelantar mi regreso a ese mismo día), o aprovechar la estancia en la ciudad-estado de Berlín buscando un tema que justificara mi estancia. Era seguro que, sin acreditación, la Revista Rambla no se haría cargo de mis gastos de alojamiento y dietas. Eso suponía un punto en contra para la decisión de quedarme en Berlín. Con todo, contaba con un as en la manga: sabía a ciencia cierta que a Sònia Moritz no le importaría en absoluto alojarme en su casa algunos días, los suficientes hasta saber qué iba hacer en Berlín. Sònia era una antigua compañera de la facultad: en Berlín alternaba su trabajo en negro de camarera, con la corresponsalía del semanario Directa, un periódico catalán de corte crítico y libertario.

Mientras pensaba en estas cosas caminando sin rumbo, me topé con la exposición permanente “Topographie des Terror”, muy cerca del Ministerio de Finanzas. En un recinto blanco, rodeado de miles de piedras grises y negras del tamaño de un puño esparcidas a modo de alfombra, la memoria colectiva alemana realiza un ejercicio de catarsis, una especie de fuego continuamente aventado para mantener su incandescencia purificadora. Es una exposición basada en el duelo por las víctimas y en la permanente culpabilidad por las atrocidades perpetradas. ¿Cuánto habrá que esperar para que España cuente con un lugar semejante?

Liebig Straße. Exterior / día.

Me dirigí hasta Liebig Straße, la última dirección que me constaba de Sònia Moritz. Sin embargo, el edificio autogestionado en el que mi amiga residía, situado en un cruce en el que se contaban hasta siete edificios también okupados, se hallaba vacío. El número 14 de Liebig Straße lucía en los balcones y ventanas rejas improvisadas con carros de la compra, tendederos y otros elementos domésticos dispuestos a tal fin. Era evidentemente que los okupantes habían tenido que defenderse de un asalto exterior. Sin noticias de Sònia Moritz y de su suerte, comenzaba a estar preocupado. Y hambriento.

La cuestión del hambre la solucioné en el Nil, un acogedor inbiss sudanés, cerca de Karl Marx Allee, una avenida de corte soviético que estremece al foráneo por sus dimensiones inhumanas. Desde un locutorio cercano escribí un correo electrónico a Sònia advirtiéndola sobre mi desamparo. Confiaba que antes de la noche obtendría respuesta, como así fue.

Hice tiempo paseando. Las calles de Berlín, frente a muchos portales, cuentan con pequeñas placas doradas con las que es muy sencillo tropezar: son placas en las que se lee el nombre de judíos, en ocasiones familias enteras, sus fechas de nacimiento y defunción, además del campo de concentración al que fueron deportados. Son cicatrices para no olvidar.

Publicidad de la Berlinale bajo un puente con mujer llevando carrito de niño. Perspectiva

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