Cicatrices en Berlin Allee (II)

Posted on 17 Octubre 2012

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Tráfico de vehículos en Karl Marx Strasse. Perspectiva

Sònia me citó en la Breitscheldplatz, junto a la Kaiser Wilhem Gedächtniskirche, una iglesia que fue medio destruida en 1943, cuando la lluvia de bombas sobre Berlín rozaba lo cotidiano. Actualmente se encuentra en proceso de reconstrucción, igual que Sònia: me explicó que había solicitado el Hartz IV, un subsidio para desempleados de larga duración que estaba siendo motivo de debate en la política alemana. Unos querían ampliar la cantidad de dinero destinada a esta ayuda, otros no, y todos defendían sus argumentos. Sin transición, Sònia saltó de su precaria situación hacia la llegada masiva en cayuco de personas refugiadas procedentes de Libia a la isla de Lampedusa, en Italia; la sensibilidad de Sònia se agudizaba ante este tipo de noticias. En cuestión de días una diminuta isla del Mediterráneo con cerca de 5.000 habitantes, había visto doblada su población. Y los supuestos centros de acogida se encontraban fuera de servicio; en suma, otro drama humano. No llevaba ni media hora junto con Sònia, y ya me veía desbordado ante tanta información.

Caminamos hasta el Museo de Kate Kollwitz, una pintora y escultora alemana que retrató el horror de la I Guerra Mundial y sus secuelas con una voz firme y atinada, pero que sólo hizo eco en los oídos sordos del periodo que desembocó en la II Guerra Mundial. La protección maternal y la muerte, o ambas cosas de la mano, son los aspectos que Kollwitz centra en su obra, cruda, sincera, capaz de conmover al mismísimo John Wayne si esto aún fuera posible. Al salir del museo, Sònia me llevó a Kreutzberg, donde unos buenos amigos, R.S. y M.B., la habían acogido después del desalojo del Liebig 14. Tal y como me explicaron, el día del desalojo cerca de 10.000 personas salieron a la calle para solidarizarse con los okupantes del edificio; una cantidad similar a los valientes que se manifestaron en Barcelona la huelga general del 27 de enero. Parafraseando al pastor luterano Martin Niemöller: “Cuando vinieron a por los pensionistas, yo no dije nada porque no era pensionista; cuando vinieron a por los okupas, yo no dije nada porque no era okupa; cuando vinieron a por los parados, yo no dije nada porque tenía trabajo; cuando vinieron a por los imbéciles, me entregué sin resistencia…”.

Los cuatro fuimos al Havanna Club, una simpática coctelería decorada con los rostros de Ernesto Che Guevara y de un Fidel Castro joven y revolucionario. En los altavoces dominaba Compay Segundo. Esa misma noche, en la Berlinale, se presentó una película sobre el club de fútbol Sankt Pauli: “Gegengerade”. Después del estreno, estaba previsto un concierto de punk. La fiesta, sin embargo, se vio interrumpida por la aparición de seguidores del Hamburgo, archirrivales del Sankt Pauli, motivo por el que la presentación de la película acabó en un auténtico reguero de hostias. Pensé que hubiera sido interesante asistir: prepararía un artículo estupendo sobre futbol y violencia, política y cine.

Era el final de un día agotador y todavía no sabía si volver a Barcelona o escribir alguna cosa sobre mi estancia en Berlín que pudiera justificar los gastos. Para sopesar mejor la situación, me tomé un par de Long Island Ice.     

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