Cicatrices en Berlin Allee (III)

Posted on 24 Octubre 2012

0


Paseo por Maybachüfer. Paisaje

Al día siguiente, Sònia me enseñó algunos bonitos rincones de Kreutzberg, como el mercado turco y el paseo por Maybachüfer, donde cruzamos la mayor cicatriz que recorre Berlín, y que no es otra que la que dejó el muro derribado en 1989. Junto al río, Sònia me mostró un wagenplatz llamado Lohmühle, que toma el nombre de la calle donde se encuentra: un wagenplatz es un lugar donde se instala la gente para vivir en caravanas. Y no de cualquier modo: en Lohmühle, por ejemplo, cuando es verano proyectan películas al aire libre y todo el año hay una guardería. Se asemeja a un campo de feriantes, un lugar agradable donde residir. Sònia opinaba que, quizá un día no muy lejano, instalarse en un wagenplatz sea una solución a tener muy en cuenta: me explicó cómo los vecinos de Kreutzberg protestaban por el aumento de los alquileres, calculado en cerca de un 25%. Aún así, tener un techo en Berlín seguía siendo más barato que en muchos lugares de Barcelona. No pude evitar recordar la cantidad de desahucios previstos en mi ciudad. La gentrificación -o cambio gradual de la clase social residente en un lugar por otra con mayor poder adquisitivo- resultaba una pandemia similar, ya fuera en Barcelona o Berlín, y la crisis económica no hacía si no agudizar sus efectos. Podríamos remitirnos a la ley de la oferta y la demanda, naturalizar así la inexorable mano invisible del mercado. Sin embargo, los niños ya se han acostado y no hay necesidad de explicar cuento alguno.

Por contra, la vida civil en Berlín no aparentaba ser tan regulada como en Barcelona. Por ejemplo: hay lugares públicos donde se puede fumar y otros en los que no, y nadie se quema a lo bonzo ni por una cosa ni por la otra. Se observa, sin escándalo, a un tipo trajeado, encorbatado y repeinado tomándose una cerveza en plena calle, a la espera que el semáforo se ponga en verde. Cae la noche y si no queda alcohol o tabaco en casa, uno se puede acercar al badulaque más cercano, seguro de encontrar lo que busca. Hubo un tiempo en que Barcelona era así. Luego llegó la normativa cívica tratando de convertir a los barceloneses en auténticos ciudadanos europeos. Ahora sobran regulaciones y falta ciudadanía. Es evidente que el modelo europeo a imitar no era Berlín. Tal vez fuera Múnich.

Le expliqué a Sònia mi interés en entrevistar a alguna personalidad asistente a la Berlinale. Me recomendó que nos acercáramos al Café Zapata, en el centro Tacheles, donde posiblemente encontrara a alguien relacionado con la 61ª edición del Festival Internacional de la Berlinale. Así lo hicimos: el centro Tacheles, una antigua fábrica que conserva una estética decadente y postindustrial, es una especie de mercadillo vanguardista donde se venden esculturas de hierro forjado, pinturas y ropa por un precio nada popular. A pesar de este ambiente, nadie con quien hablé había asistido a la Berlinale, no digamos ya presentar una película. Desde allí, medio abatidos, fumamos un cigarrillo de camino a la estación de Warschauer Straße, tan de la década de los cuarenta del siglo XX. Tenía los pies helados y la cabeza nublada. Quizá por ello, para despejarme, Sònia me guió a Treptow Park, para admirar el monumental recuerdo allí erigido al liberador soviético: una enorme estatua de un soldado ruso que sostiene, en una mano, una espada sobre una esvástica cercenada y, en la otra mano, una criatura. Mano destructora, mano protectora; en algún momento de la Historia las manos se intercambiaron sus funciones. La hoz y el martillo lucen en aquel lugar, junto a frases de Iósif Stalin grabadas en la piedra, como testimonios perennes de otra cicatriz berlinesa. 

Mano destructora, mano protectora. Perspectiva

Posted in: relat