Cicatrices en Berlin Allee (y IV)

Posted on 31 Octubre 2012

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Entrada al campo de concentración de Sachsenhausen (Brandeburgo)

A la mañana siguiente, Sònia y yo marchamos en tren al campo de concentración de Sachsenhausen, en Oranienburgo, a 34 kilómetros de Berlín, en el vecino estado de Branderburgo. Al llegar a nuestro destino, mi estómago se retorció nervioso, igual que un dictador aferrado al poder durante décadas ante la visión de revoluciones populares que anuncian su fin. Tuve que visitar el baño urgentemente. No había papel, aunque por suerte aún llevaba encima mi acreditación sin validar de la Berlinale. Lo que ahí quedó de mí era un millón de veces más hermoso que aquello que Schasenhausen guardaba en su interior.

En los árboles desnudos, una aviesa parvada de cuervos graznaban como si advirtieran a los visitantes que, más allá del “Arbeit macht frei” forjado en la puerta metálica de entrada, Sachsenhausen seguía envuelto en un halo de profunda maldad, una atmósfera acentuada por un día invernal filmado en blanco y negro. Muchas cosas hay que explicar sobre Sachsenhausen: sin contar con el renombre de Mathausen-Gusen o de Auschwitz-Birkenau, Sachsenhausen fue el centro administrativo de todos los demás campos de exterminio nazis. Ser oficial de las SS y estar destinado en Sachsenhausen suponía muchos réditos a la hora de promocionar en el escalafón militar. En Sachsenhausen, en una cárcel dentro del propio campo de concentración, pasó gran parte de su exilio junto a otras personalidades extranjeras (o autóctonas, como el pastor Martin Niemöller), el llamado Lenin español: el ex presidente republicano Largo Caballero. En Sachsenhausen se calcula que fueron asesinadas más de 30.000 personas, aunque es imposible saber cuántos fusilamientos se realizaron sin registro alguno. En los alrededores de Sachsenhausen se han descubierto enterradas grandes capas de ceniza de origen humano. El campo de concentración de Sachsenhausen fue liberado por el Ejército Rojo, que, posteriormente, mantuvo durante cerca de cinco años las mismas funciones para reprimir a todo aquél sospechoso de no comulgar con la URSS (todas las funciones, excepto el crematorio…). En 1992, diez días después de la visita del -por aquel entonces- primer ministro israelí Isaac Rabin, un grupo de neonazis fueron a Sachsenhausen y quemaron el barracón 38, uno de los asignados a los prisioneros judíos.

Sachsenhausen es una doble lección: primera lección, no olvidar jamás y segunda lección, cómo gestionar ese recuerdo.

Nada de lo que escriba hará justicia a lo que allí se puede contemplar y, menos todavía, a lo que se vivió. Escapamos de Sachsenhausen como quien despierta de una pesadilla, preguntándonos de dónde diablos se inspiran todas esas ideas tan retorcidas.

Regresamos a Berlín destrozados y meditabundos, agotados; pareciera que en lugar de regresar en tren, hubiéramos salvado a pie los 34 kilómetros de distancia. Sin embargo, Sònia aún guardaba una pequeña sorpresa para mí: con vistas a la estación de Kottbußer Tor, donde lo más granado de cada casa aguarda el metro, se halla un pequeño garito de nombre “La Paloma”. Era un lugar sin ventilación: en el vaho de las ventanas, alguien con buen pulso había escrito “No pasarán”. Allí bailamos, fumamos y bebimos ron con wostok (una cola con sabor a bosque de abetos), tratando de deshacernos, incómodos aunque sólo fuera por una noche, del ejercicio de memoria que Sachsenhausen había sellado en nuestro ánimo. No fue sencillo: en casa de M.B. y R.S., dimos cuenta de una botella de Jägermeister.

Al día siguiente, esperando en el aeropuerto mi vuelo de regreso, leí en un diario que mientras nosotros olvidábamos en “La Paloma”, en la Berlinale se había presentado el documental The Big Eden sobre el octogenario Rolf Eden, un playboy judío que era dueño de unas cuantas discotecas en Berlín.

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