Muito obrigado, Erasmus (II)

Posted on 26 Novembre 2012

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2. La experiencia erasmus en la vida cotidiana

 La vida erasmus, en cierto modo, contiene todos los elementos que configurarán la futura vida independiente del estudiante y, sin perjuicio de ello, significa una suspensión de las reglas de la vida cotidiana. En ese sentido, las palabras de Peter Burke sobre el Carnaval en la Europa de la Edad Media1 son orientativas: “El carnaval era una fiesta, un juego, que tenía un fin en sí mismo, sin necesidad de explicarlo o justificarlo. Era un tiempo de éxtasis y liberación (…) Los tres temas más importantes en los carnavales eran la comida, el sexo y la violencia” (pág. 267); Mijail Bajtin, en su obra sobre la cultura popular en la Edad Media, también señala la misma dirección. Lo cierto es que la experiencia erasmus es una ocasión propicia de liberación, donde los estudiantes dejan atrás su vida conocida y rutinaria para, en muchos casos, enfrentarse por primera vez a los quehaceres de la vida cotidiana: cocinar, limpiar, comprar en el supermercado, poner la lavadora, convivir con personas desconocidas, estudiar, hablar un nuevo idioma… Es decir, aprender a organizarse y a vivir lejos de la tutela familiar. Y al mismo tiempo, no obstante, es un periodo en el que la fiesta está siempre presente, donde el ocio ocupa un lugar destacado casi por encima de las obligaciones académicas y domésticas. En resumen, la experiencia erasmus termina por ser un ‘juego’, el cual puede ser definido con las palabras de Fernández Christlieb: “Una situación delimitada, restringida en el tiempo, espacio, palabras y objetos, que, mediante reglas arbitrarias e inviolables, estipula y ordena el tipo de relación que se ha de llevar a cabo entre jugadores, entre juguetes, y entre jugadores y juguetes, para producir una relación completa, es decir, única y verídica, que vale y rige para esa sola situación (…) y al final resulta que es al revés, que es el juego el que produjo a sus participantes, que el juego es mayor que los jugadores y los juguetes, los cuales son sustituibles, de modo que el juego es una entidad orgánica, es decir, constituida no de componentes o de individuos, sino constituida de relaciones o interacciones” (pág. 213).

Y así resulta que la experiencia erasmus no es una u otra, si no que es aprehendida subjetivamente por cada individuo de un modo u otro, aunque el juego continúa siendo el mismo para todos, y por esa razón, las narraciones que los estudiantes realizan al regresar a su tierra sobre su periodo erasmus suelen poseer elementos similares: si, según Burke, los tres elementos del carnaval son ‘la comida, el sexo y la violencia’, los de la experiencia erasmus podrían ser bien estos: el alcohol, el sexo y la fiesta. Claro que también encontramos personajes ‘extraños’ entre los jugadores erasmus: por ejemplo, aquéllos que han de trabajar, durante su estancia en el extranjero, para pagar sus estudios y el alquiler de la habitación. Es en contraste con estos estudiantes que trabajan mientras el resto disfrutan del ocio, cuando se aprecian claramente las reglas arbitrarias e inviolables de la experiencia erasmus (y estudiantil en general): es necesario pasarlo bien, asistir a fiestas casi a diario, estudiar poco, tener resacas casi cada mañana. La vida cotidiana del trabajador, obviamente, estipula y rige otras normas.

Según Veblen, la burguesía de principios de siglo XX exhibía como fuente de prestigio un consumo conspicuo (esto es, un consumo innecesario, que llama la atención por su ‘excelencia’, y que por ende produce ‘estatus’) y en un sentido similar también un ‘ocio conspicuo’; considerando esto, la vida estudiantil ─ erasmus y autóctonos sin distinción─ se encuentra muy próxima a estas dos exhibiciones conspicuas de consumo y ocio. Tomemos, por acaso, el ocio conspicuo: es tiempo de ocio inútil, no productivo, una malversación de tiempo, que no deja de ser oro, como nos recuerdan las palabras de Benjamín Franklin. Es decir, el tiempo tiene un precio, y no vale igual para todo el mundo (el tiempo de un desempleado no vale igual que el de una persona muy importante que se pasa el día diciendo: “No puedo quedar, tengo que escribir un informe [o tengo una reunión, o una comida de negocios, o tengo un vuelo a Paris…”]). En el caso que nos ocupa, la vida erasmus en Coimbra, puede sorprender, a ojos extraños, dedicar cerca de diez días al ocio2, a la fiesta, a falta de dos semanas del fin de las aulas y de los exámenes. Precisamente, Veblen afirma que la demostración exhibicionista de la malversación de dinero y tiempo es fuente de prestigio; y ¿qué persona que trabaja no añora su vida de estudiante? Como afirmaba anteriormente, ‘alcohol, sexo y fiesta’.

En otro orden de cosas, la concepción objetivada del tiempo en la vida cotidiana del extraño se tambalea, en al menos estos puntos:

  • Tiempo rural-urbano: Daniel Innerarity afirma que la ‘rapidez indica a menudo educación mínima’, y esto es así en muchos casos. Ahora bien, la vida urbana exige, tras el éxito de la aplicación fordista del tiempo, esto es, la racionalización del tiempo para que éste sea tratado como un bien, y por tanto, que como cualquier bien, deba maximizase en sus beneficios al menor coste posible: en un caso práctico, cuando una persona urbanita entra en un comercio de una ciudad, espera ser tratado en ese equilibrio casi imposible de eficiencia, rapidez y educación. En cambio, y a grosso modo, se afirma que el tiempo en la vida rural transcurre más lentamente, lo que exactamente pretende decir que, en verdad, transcurre sin prisas porque las personas así lo quieren, con lo que si el mismo urbanita citado antes entrara en un comercio de una población rural, podría pensar, por ejemplo, que o bien nadie le quiere atender o que las personas de esa población son poco eficientes, rápidas o educadas.
  • Tiempo objetivo-subjetivo: Es decir, la diferencia entre el tiempo como objeto socialmente construido y el tiempo aprehendido subjetivamente por los individuos; esta diferencia realmente supone distintas interpretaciones teóricas. En la Edad Media, la gente recibía sus salarios por las horas trabajadas de sol; en invierno, los salarios eran inevitablemente más bajos, aunque los campesinos se cansaran igual. En la actualidad, confiamos a los relojes que conserven una construcción del tiempo, que no es más que una medida arbitraria (justificada, quizá, pero arbitraria). Sin embargo, en muchas ocasiones esta medición del tiempo se confunde con el tiempo real, es interiorizado por los individuos como el tiempo en sí y por sí mismo (tal como señala el escritor argentino Julio Cortázar, cuando a una persona le regalan un reloj y se lo cuerda en la muñeca, el regalo no es el reloj si no, por el contrario, quién lo recibe), negándole su sentido de construcción social y, por ende, reificándolo. Esta concepción del tiempo objetivado se altera a poco que uno se mueva (aquí son las 8 a.m. y en Barcelona las 9. a.m.; el vuelo de ida parte de Oporto a las 9 a.m. y aterriza en Madrid a las 11 a.m., con lo que sumamos dos horas, y el vuelo de regreso sale de Madrid a las 10 p.m. y aterriza en Oporto a las 10: 20 p.m., con lo que se tarda 20 minutos), pero un caso verdaderamente útil, donde no es preciso trasladarse de lugar y en la que la imagen del tiempo objetivado queda al desnudo, ocurre cuando se producen los cambios horarios de verano y de invierno, y en el que si un individuo ─ propongo un extranjero ─ no se encuentra dentro de los medios en los que se informa del cambio de hora (así como la televisión, la prensa escrita o la radio) y donde su círculo social es tan extranjero como él (o donde los conocidos autóctonos no consideran preciso advertirle de un cambio tan dado por sabido para ellos), acontece que tenemos a una persona que, aún viviendo de acuerdo con su reloj, se encuentra fuera del tiempo socialmente correcto, esto es, del tiempo compartido socialmente. No es éste un problema menor: los trenes salen a una hora, las aulas empiezan y acaban en un horario determinado, los comercios también se rigen por un horario estipulado, etc… Vivir fuera del tiempo compartido socialmente, más aún si es por un error o por ignorancia, puede acarrear molestias y desventajas no previstas. Y aún más, la diferencia misma de los horarios comporta ‘problemas’ de adaptación: en mi caso personal, algunas aulas que tengo en Coimbra, corresponden exactamente en horario a las horas que en Barcelona dedico a comer (o a hacer la siesta).

La creatividad cotidiana oculta en los quehaceres diarios ─ asunto que tanto interesó a Michel De Certeau ─ que proviene de la lectura del consumidor, en muchos casos, nueva y alejada de las intenciones de producción, puede verse aumentada en el papel del extraño, del extranjero, beneficiándose de lo que, en palabras del propio De Certeau, sería entendido como una táctica, es decir, la acción calculada que no dispone de un terreno propio, que depende completamente del otro.

En algunos casos, se le da una nueva lectura a aspectos cotidianos que, en la tierra de origen, difícilmente hubiesen surgido. Un ejemplo claro es la televisión: la posibilidad de ver los mismos programas basuras que en Barcelona3, pero en lengua portuguesa, añaden un incentivo didáctico a programas como ‘¿Quiere ser millonario?’ o ‘Mira quien baila’. Otro ejemplo que ahonda en un uso de la TV como medio instructivo, es el de una muchacha de Madrid que se sienta delante de la televisión acompañada de un cuaderno, y cuando ve películas en inglés subtituladas al portugués, escribe las expresiones y las palabras. Es decir, estudia viendo la TV4.

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1 También era conocido como la ‘Fiesta de los Necios’

2 Durante ‘A queima das fitas’, con restricción de horarios de la biblioteca incluida.

3 La televisión parece un elemento común en cuanto a los países: la competencia radica en hacer los programas más indignos, más faltos de contenido.

4 En mi caso, estoy leyendo ‘Guerra e Paz’ en portugués. Creo que trata algo sobre Rusia y Napoleón…