Muito obrigado, Erasmus (III)

Posted on 27 Novembre 2012

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3. La identidad (nacional) en la vida cotidiana

A Coimbra, el primer dia de classe d’una asignatura sobre estudis urbans i culturals, el professor, que era jove i trempat, al conèixer que jo era de Barcelona, em digué amb un somriure cordial: ” Oh, espanyol! A Portugal tenim un adagi que afirma: d’Espanya, ni bon vent ni bon casament”. A la qual cosa, obtingué per part meva una altra somriure cordial i la resposta: “I a ca meva, tenim un adagi que diu: L’autonomia que ens cal és la de Portugal”. Moments de silenci. Un alumne assegut al meu costat, m’il·lustrà: “Però Portugal no és cap autonomia! És independent!”. “Exacte”. Punt, set i partit.

Georg Simmel escribió un artículo llamado El Extraño (1908), donde explicaba que un extraño es aquel individuo que se encuentra dentro de un colectivo, de un grupo, pero que no es originario de él, que resulta cercano (trabaja con los demás, se sabe los mismos chistes, es conocido en la comunidad) pero al tiempo se encuentra fuera, alejado. Es por esta cualidad ambivalente que el extraño puede contemplar la comunidad con ojos distintos, porque quien está en el umbral de la puerta no está ni en la cocina ni en la sala de estar, pero sí se encuentra en los dos sitios a la vez y sabe lo que ocurre en un lado y en otro. En suma: el extraño sabe lo que es formar parte de una sociedad, y aun con eso, puede analizarla y distanciarse de ella como si ésta fuera un objeto aparte. En definitiva, el extranjero tiene la experiencia, como apunta Alfred Schutz, de que la vida habitual es menos sólida, estable y rígida de lo que aparenta ser.

A pocos días de llegar a Portugal, una noche en Lisboa, me encontraba con algunos colegas a la entrada de una discoteca; éramos dos chicas y dos chicos: una catalana, una catalana-marroquí, un italiano y yo. Como condición para entrar en esa discoteca, era necesario ir con chicas, por lo que dos chicos sin compañía femenina, que terminaron por ser españoles, se nos acercaron a pedirnos prestadas las ‘nuestras’. Más allá de la opinión que nos mereció a todos nosotros su forma de referirse a las chicas, hubo un pequeño momento de tensión, una grieta abismal que surgió de la nada, cuando nos solicitaron que accediéramos “por España, que somos españoles, joder”. Nuestras respuestas fueron vagas y huidizas: “Es que nosotros somos de Barcelona1”, “Es que yo soy italiano”, “Es que mis padres son de Marruecos”… Finalmente, acabamos accediendo a que entraran con nosotros a la discoteca, pero sólo como gesto de buenas personas, no de ‘buenos españoles’. Ser catalán no otorga un sexto sentido, ni es una virtud en sí y por sí misma, ni mucho menos un don divino: sin embargo, y a pesar de todas las reservas y matices posibles, sentirse catalán es una cosa y sentirse español, otra2. De modo que sentirse catalán entre españoles es permanecer en el umbral de la puerta. Sobre los catalanes, como para cada pueblo, se ha construido tradicionalmente un imaginario conocido: los catalanes pasan por tacaños, buenos trabajadores, cerrados y antipáticos, buenos para los negocios, junto con un ambiguo sentimiento ─ contradictorio sólo en apariencia ─ de ‘superioridad’ (y si no de superioridad, al menos, sí de concebirse diferentes) respecto al resto de españoles y de ‘victimismo’ (creerse perseguidos por España, en concreto Madrid). Este imaginario tiene auténticas cualidades míticas ─ hay catalanes buenos trabajadores y otros que no, los hay generosos y otros tacaños, los hay que son grandes empresarios y otros muchos (a decir verdad, la mayoría) que no ─, pero no por ello estas ideas son menos presentes en el ideario de los individuos.

Una vez en Coimbra, asistí en un restaurante a la que, de momento, ha sido mi única cena erasmus: éramos una docena de personas, entre ellos españoles, italianos, ingleses y franceses. Un español me preguntó con quién vivía, y al responderle que tenía por compañeros dos portugueses, torció el gesto y me miró con desconfianza, la cual cosa me resultó molesta. Al inquirirle porqué ponía esa cara, me dijo: “Mira en esta mesa: no hay ni un portugués. Yo llevo aquí desde septiembre, y aún no tengo ni un amigo portugués”. Yo le respondí que, quizá, si en la mesa sólo había erasmus, podría bien ser por culpa de los propios erasmus. Su respuesta a mi apreciación fue sorprendente: me explicó que el problema de verdad residía en el hecho que los portugueses odian a los españoles. Me causó tanta impresión este comentario3, que, al llegar a mi casa, hablé con uno de mis compañeros, Filipe, y sólo después de esta charla comencé a atisbar el inmenso laberinto de afinidades y diferencias que suponen las identidades nacionales en la península ibérica. Por otra parte, curiosamente, este mismo español me explicaba que no hay ningún tipo de problema en hablar castellano con los portugueses “porque lo entienden perfectamente”. Este uso del castellano, a mi juicio imperialista y draconiano, además de muy cómodo, es bien conocido para los catalanes, porque el discurso del español que vive en Portugal y no aprende la lengua vehicular propia, el portugués, es el mismo de aquellos que viven en Catalunya sin hacer el menor esfuerzo por aprender el catalán “porque en castellano ya nos entienden”. En cualquier caso, y para no pasar por un marrullero antiespañol, cabe reconocer que este uso imperialista de la lengua castellana languidece si se compara con la verdadera lengua del imperio global: el inglés.

Un italiano, hablando de estos asuntos de las identidades nacionales vecinas, me explicó un chiste (anedota):

Son dos españoles en un bar, y uno le dice al otro:

No soporto a los franceses: son unos creídos, unos convencidos chovinistas, que tratan a los españoles como si fuéramos lo peor, como si fuéramos el tercer mundo, nos miran por encima del hombro, se creen mejores que nosotros. ¡Qué rabia me dan, no los puedo ni ver, a los franceses!

Y el otro español responde:

Sí, la verdad, ¡nos tratan como si fuéramos portugueses!”4

Más allá de la gracia o ausencia de gracia que provoque este chiste, resulta ilustrador en lo referente a los prejuicios que  los individuos llevan consigo5. Tal como señala Peter Berger, “los chistes pueden resumir una situación compleja de manera magníficamente económica, simplificándola, iluminándola y aportando indudablemente algún beneficio cognitivo”. De este modo, llegamos a uno de los aspectos más míticos que la experiencia erasmus puede suscitar: la diversidad cultural. De algún modo, teniendo en cuenta la distinción que elabora Goffman, sólo la región de fachada de la vida erasmus se ve afectada por esta diversidad de culturas, no obstante, en la mayoría de los casos, la región de bastidores continúa siendo imperturbable e impenetrable a otros modos, a otros idiomas, otras nacionalidades distintas a la propia6. Más aún, la condición de erasmus se erige en una nacionalidad por sí misma, en un denominador común, y entonces se encuentra que ya no hay italianos, franceses, españoles, alemanes o ingleses, y por otra parte ─ en el caso que me ocupa ─ portugueses, si no que sólo hay erasmus por una parte y por la otra autóctonos.

Finalmente, la lengua. Significativamente, las lenguas que manejo en Portugal, portugués, catalán y castellano, comparten muchos ‘falsos amigos’ (esas palabras que, aún siendo parecidas en distintos idiomas, guardan significados que nada tienen a ver). En una ocasión, para ejemplificar cuán crueles pueden ser estos falsos amigos, fui a una tienda de electrodomésticos a comprar pilas para mi reproductor MP3, y así solicité educadamente “se, por favor, tinham pilas pequenas”. Las expresiones que se dibujaron en los rostros de la vendedora y de los clientes que hacían cola tras de mí fueron realmente impagables.

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1 Como si Barcelona ya no fuera parte del Reino de España.

2 Lo cierto es que vivir en Portugal, tal vez paradójicamente, me ha dado la oportunidad de comprender mejor la relación entre España y Catalunya.

3 Lo gracioso de esta situación era el sentimiento contradictorio que se formó en mi esquema interpretativo: estoy acostumbrado a escuchar críticas y burlas a todo lo catalán, pero la posibilidad de despertar antipatías por ser español jamás me había ocurrido.

4 Peter Berger, en su ‘Risa Redentora’, recoge este otro chiste sobre lo que él refiere como ‘el resentimiento de los catalanes por su situación en España” (pág. 228):

“En un compartimento de un tren que sale de Barcelona viajan cuatro personas: una mujer catalana mayor con una hija muy atractiva, un hombre catalán sin ninguna relación con las anteriores y un español. El tren pasa por un túnel y el vagón se queda completamente a oscuras durante unos minutos. A continuación se oye resonar un bofetón. ¿Qué piensa cada pasajero después del incidente?

La mujer mayor: “He educado bien a mi hija y sabe defenderse”

La hija: “Eso no me gusta. Si alguien quería propasarse, ¿por qué con mi madre y no conmigo?

El español: “Estas catalanas están absolutamente locas. ¡Sólo las miras y ya te atacan!”

El catalán: “¡Otros cuatro túneles hasta Madrid!”

5 Europa, si no el mundo, es finalmente un gran patio de vecinos.

6 En defensa de los erasmus, hay que decir que para sobrellevar mejor los inconvenientes normales producidos por la vida en otro país, es comprensible que las personas, consciente o inconscientemente, busquen la solidaridad con otras personas de su mismo origen en similar situación.